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para qué sirve un farmacéutico

¿Para qué sirve un farmacéutico?

Hemos querido recuperar y compatir con vosotros a través de nuestro blog, este artículo de Jesús C. Gómez Martínez , presidente de la Sociedad Española de Farmacia Familiar y Comunitaria (SEFAC), que se publicó en el periódico El Mundo, preguntándose por la utilidad de un farmacéutico a día de hoy.

Lo adjuntamos de forma literal:

«Francisco Martínez, fundador de la sociedad científica de los farmacéuticos comunitarios y pionero de la atención farmacéutica en España, se planteaba una pregunta que hoy, Día Mundial del Farmacéutico, conviene recuperar: ¿Para qué sirve un farmacéutico? Parece una cuestión retórica, pero no lo es. ¿Por qué? Sencillamente porque a tenor de la realidad que vive nuestra profesión es posible que no sea fácil responder.

Voces autorizadas repiten constantemente que los farmacéuticos comunitarios somos los sanitarios más cercanos a la población (todo el mundo, incluso en el medio rural, tiene una farmacia cerca de su domicilio). La red de farmacias española (más de 21.000) garantiza un acceso de calidad, rápido y eficaz a la prestación farmacéutica y, en especial, a la dispensación de medicamentos. Este hecho nos diferencia de otros países y nos pone como ejemplo de sistema sanitario y farmacéutico. No obstante, ¿es consciente la sociedad de lo que esto significa? ¿Y la Administración? ¿Es esta labor suficiente para afrontar los retos del sistema?

Nuestra profesión atraviesa desde hace años un momento complejo. La crisis y los recortes han impactado en la sanidad y las medidas de ahorro promovidas por las distintas administraciones se han centrado, casi siempre y con una visión cortoplacista, en reducir el mal llamado gasto farmacéutico (que no genera la farmacia y que debería denominarse gasto público en medicamentos, cuando no inversión). Estas medidas se han aplicado con distintas fórmulas, sin homogeneidad entre las CCAA y afectando a la equidad y calidad de la prestación farmacéutica que reciben los pacientes. Algunos ejemplos de ello han sido los copagos (con criterios mejorables), el euro por receta declarado ilegal, subastas andaluzas que generan desabastecimientos y discriminación para parte de la población y los intentos por entregar determinados medicamentos sin una justificación sanitaria en hospitales o centros de salud a pacientes que están en su hogar. ¿De verdad es eficiente que los pacientes se tengan que desplazar desde su domicilio hasta un hospital o un ambulatorio para recoger un medicamento que pueden obtener en su farmacia de confianza a cinco minutos de su casa? ¿En qué contribuye esto a la sostenibilidad del sistema? Y todo ello sin mencionar los impagos de algunas Administraciones (que ahogan la viabilidad de muchas farmacias), los recurrentes e interesados rumores de liberalización del sector para beneficio de poderes privados o la venta (que no dispensación) de medicamentos sin receta fuera de las farmacias y cuyo principal perjudicado (que nadie se equivoque) sería el pacientes.

Lo cierto es que los farmacéuticos, a pesar de recibir palabras bienintencionadas de las instituciones que rigen nuestra sanidad, estamos infrautilizados y seguimos sin estar suficientemente considerados como sanitarios y no solo por la Administración: el estudio refcom señala que casi un 50% de la población considera desaprovechados nuestros conocimientos y solo un 9% de los ciudadanos reconoce a la farmacia como un centro exclusivamente sanitario, a pesar de que evalúan con un notable alto su relación con los farmacéuticos. El estudio D-VALOR, el mayor realizado en farmacias en España hasta la fecha, también desvela otro dato relevante: el 43% de los pacientes que acuden a la farmacia a que les dispensen un medicamento con receta tiene carencias informativas sobre su tratamiento.

España será en unos años uno de los países más envejecidos del mundo (más del 30% de la población tendrá 65 años o más en 2050). Esto se traducirá en mayor morbilidad, cronicidad de enfermedades y polimedicación y las colaboración multidisciplinar y la adherencia terapéutica (entendida como la toma correcta de la medicación prescrita) será fundamental para la supervivencia del SNS en un momento en el que se estima que un 50% de los pacientes con enfermedades crónicas no cumple sus tratamientos y los costes derivados de la falta de adherencia superan los 11.000 millones de euros al año en España, por no hablar de los problemas de salud que esto ocasiona. ¿Podemos permitirnos que profesionales ampliamente formados en farmacología, bioquímica, fisiología, inmunología, etc. no estén en la vanguardia de la atención sanitaria y sociosanitaria?

Los farmacéuticos también somos corresponsables de esta situación. No podemos mirar hacia otro lado ni escudarnos en las cargas burocráticas o en las dificultades económicas para abandonar nuestra esencia. Debemos seguir apostando por una farmacia asistencial, más activa y comprometida con los pacientes y que cambie el protagonismo del producto por el conocimiento, para contribuir así a afianzar nuestra labor científica y profesional como expertos en medicamentos. Debemos dar valor a nuestras intervenciones, registrarlas y visibilizarlas impulsando servicios que muestren nuestra contribución a la promoción de la salud como, por ejemplo, la cesación tabáquica, la medida y control de la HTA y el riesgo vascular, el cribado en cáncer de colon, VIH o la EPOC, la revisión del uso de los medicamentos, etc. Estos y otros servicios (como la administración de vacunas) ya se prestan en las farmacias de varios países europeos, con gran aceptación de la población, consenso con otros profesionales de la salud y el respaldo de las administraciones.

¿Para qué sirve un farmacéutico? Los dos millones de personas que entran todos los días en las farmacias españolas lo saben: somos el profesional sanitario más accesible y cercano en quien confiar su salud.»

 

Artículo publicado en El Mundo.